LA MACROECONOMÍA DEL «SUPERÁVIT» Y LA REALIDAD DETRÁS DE LA PAZ DE LOS CEMENTERIOS

A menudo me llaman para analizar la realidad del sector productivo y, recientemente, mantuve una charla en televisión que me dejó reflexionando profundamente sobre el rumbo que estamos tomando. Me preguntaban con cierta preocupación por qué una parte de la sociedad parece no registrar la gravedad de la crisis actual de las pequeñas y medianas empresas (PyMEs). La respuesta no es simple, pero es urgente ponerle números y contexto.

La ilusión de las cifras frías

Estamos viviendo una etapa de enorme preocupación por la inflación. Es indiscutible que ver una desaceleración en los índices mensuales o que se publicite el superávit fiscal y el equilibrio de las cuentas impacta positivamente en las expectativas generales de la sociedad. Sin embargo, el verdadero problema radica en lo que debió ser la columna vertebral de cualquier plan económico: el mercado interno y los salarios.

Al descuidar estos dos pilares, lo que se genera es una suerte de «paz de los cementerios». Tenemos una macroeconomía que muestra ciertos logros en los papeles, pero a costa de una recesión que paraliza la vida de la gente real: personas que pierden su empleo, que no pueden comprar medicamentos, que ven truncadas sus posibilidades de estudiar o enseñar. No es una casualidad; es la consecuencia directa de un modelo contractivo.

Una radiografía que alarma

Cuando miramos los datos oficiales, la situación de la mediana y pequeña empresa en la Argentina es desalentadora:

  • Cierre de empresas: Ya han cerrado cerca de 26.000 empresas, de las cuales al menos el 80% son PyMEs.
  • Pérdida de empleo: Se perdieron más de 350.000 puestos de trabajo. Recordemos que las PyMEs son, justamente, las principales generadoras de empleo en nuestro país.
  • Capacidad ociosa: El sector industrial tiene hoy un 40% de su capacidad instalada sin utilizar.
  • Consumo en caída: El sector comercial sufre caídas de ventas que, comparadas incluso con otras épocas difíciles, se ubican entre un 20% y un 25% por debajo.

A esto debemos sumarle una presión impositiva asfixiante, la falta total de crédito y un endeudamiento de las familias que ha alcanzado niveles récord.

El péndulo histórico y el desafío del desarrollo

A lo largo de mis años de experiencia en la dirigencia empresarial, me ha tocado observar de cerca distintos procesos políticos y económicos. Si miramos la historia reciente, la Argentina lleva décadas atrapada en un movimiento pendular: pasamos de un populismo distributivo a un ajuste liberal extremo. Ninguno de los dos enfoques ha ido al fondo de la cuestión: el desarrollo genuino de las fuerzas productivas basado en las industrias esenciales. Eso es lo que en su momento diferenció a países como Nueva Zelanda o Canadá, y es el espejo donde debimos mirarnos.

Hoy se depositan muchas expectativas en herramientas como el RIGI o en grandes inversiones extranjeras orientadas a la agroindustria, la minería. o el petróleo. No niego que esos sectores puedan aportar elementos positivos, pero no se puede construir el futuro destruyendo lo que ya tenemos. No se puede buscar la estabilidad macroeconómica a base de persianas bajas y comercios vacíos.

Las grandes inversiones concentradas son valiosas, pero si destruimos miles de fábricas y comercios en el camino, ¿de qué va a trabajar la gente?. No olvidemos el ejemplo de los hipermercados extranjeros, que achican mercado, toman 500 empleados y destruyen cerca de 5000 puestos de trabajo.

La ecuación es tan antigua como la economía misma: sin salarios dignos, no hay consumo; y sin consumo, no hay país viable. Cuidar a las PyMEs no es un capricho corporativo, es defender el tejido social de la Argentina.

Para ver la entrevista completa: